Katmandú, un espejo en el cielo

by iltaccuinotachedcafe

Fotograma. Katmandú, un espejo en el cielo. Icíar Bollaín. 2011

Katmandú sorprende porque no emociona. Y sin embargo toca tan hondo. La voluntad de una mujer. Una voluntad extraordinaria. La imposibilidad de elegir la felicidad propia en aras de un proyecto, algo mayor que uno mismo. Eso encontramos en esta película, nada clásica. Muchos cinéfilos se aburrirán, no los culpo. A la manera del realismo literario, que se erigió como respuesta a la manera romántica (dos formas dignas por igual, desde luego) de narrar, Katmandú prescinde de todo elemento que interpele directamente al corazón. Pero es que tampoco lo exhorta de forma indirecta. Casi no tiene banda sonora (tampoco silencios vermeerianos), el retrato del lugar, Nepal, tan grandilocuente en potencia, se aborda a través de una fotografía discretísima y el ritmo, ay, el ritmo haría siestear a todo un congreso de catedráticos de Hidráulica. Más que una película clásica, tiene el punto de vista y las formas de un documental. Sin embargo, la historia se narra, sí, se narra magistralmente. Otra cosa distinta es el objetivo de lo narrado, en este caso, el cerebro. El realismo de Katmandú, un realismo impecable, es de tipo cientificista. No esperemos emoción irracional (lo mejor que puede darnos el cine), en esta ocasión, sólo encontraremos una historia. Eso sí, una historia valiosa, un canto a la razón y una condena a todo lo que de supersticioso tiene la religión y, sobre todo, un valeroso alegato feminista contra la sumisión.

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